Estados Unidos confirmó la incautación del buque Marinera, anteriormente llamado Bella-1, vinculado al comercio de petróleo venezolano. La operación se concretó tras casi tres semanas de persecución en el Atlántico Norte y estuvo a cargo de la Guardia Costera y el Ejército estadounidense. El abordaje se realizó al sur de Islandia y marca un nuevo punto de tensión en la relación entre Washington y Moscú.
El buque navegaba con bandera rusa y transportaba crudo venezolano cuando se convirtió en el centro de la crisis. Según se informó, Rusia había desplegado un submarino y otras naves de guerra para escoltar al petrolero y evitar su captura. Previamente, la tripulación había cambiado el nombre y el registro del barco, que pasó a llamarse Marinera y fue inscripto en Sochi, luego de evadir un intento de abordaje en diciembre frente a las costas de Venezuela.
La incautación se produjo en un contexto de alta tensión internacional, tras la reciente detención de Nicolás Maduro en Venezuela y declaraciones del presidente estadounidense Donald Trump sobre la soberanía de Groenlandia. Especialistas en derecho marítimo advirtieron que el caso presenta complejidades legales, ya que un buque con registro válido bajo bandera rusa cuenta con protección internacional, lo que podría poner en debate la legalidad del abordaje.
Desde Washington, el secretario de Estado Marco Rubio explicó que la operación forma parte del “bloqueo total” anunciado en diciembre contra el régimen venezolano. El objetivo, señaló, es limitar los recursos financieros de los remanentes del chavismo y frenar el accionar de intermediarios que continúan exportando crudo de manera ilegal.
El Marinera integraba la denominada “flota fantasma”, una red de petroleros sancionados que, según Estados Unidos, transportan petróleo venezolano e iraní para evadir sanciones internacionales. Tras la captura, se detectó que al menos 16 buques sancionados desaparecieron temporalmente de los radares, algunos apagando sus sistemas de identificación y otros alterando señales de GPS.
La intervención estadounidense y la reacción de Rusia abren un nuevo capítulo en la disputa por el control de los flujos energéticos en el Atlántico. Analistas advierten que, si este tipo de operativos se repite, podrían surgir represalias internacionales, tensiones diplomáticas adicionales y efectos sobre el mercado energético global.







