Editorial | «¿Esperanza? Pida turno en mostrador, si todavía hay…»

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En un país donde sobrevivir ya es un deporte extremo y la empatía cotiza más bajo que el peso, que un senador rompa en llanto en plena sesión parece ciencia ficción. Pero ocurrió. Luis Juez, en el Senado, hizo lo que pocos: hablar con el corazón (y sin PowerPoint). Lo hizo por el Garrahan, ese hospital que parece tener más prestigio que presupuesto, más vocación que recursos, y más humanidad que buena parte de la clase política.

«No nos pueden robar la última esperanza», dijo Juez, con la voz entrecortada y el alma al borde del colapso. Claro, en Argentina ya nos robaron casi todo: el futuro, la jubilación, los ahorros, los trenes, el gas, el fútbol gratis y la fe en las instituciones. Pero que no nos toquen el Garrahan, porque ahí sí… se pudre todo. ¿Qué sigue, cerrar el INCUCAI y decirnos que respiremos hondo y nos abracemos fuerte?

Mientras los números no cierran en ninguna planilla y el Excel del ajuste arde como carbones de parrilla sindical, el hospital pediátrico más emblemático del país se mantiene a flote con esfuerzo sobrehumano. Con médicos que ganan menos que un community manager de influencer trucho y enfermeras que tienen más turnos que el SAME, el Garrahan sigue ahí: atendiendo, curando, conteniendo, y fabricando lo que este país ya no produce en serie: esperanza.

Juez, que en otras sesiones puede ser puro filete cordobés y chicana filosa, esta vez se bajó del personaje. Contó historias reales. Padres desesperados, chicos con huesos de cristal, médicos que son ángeles en guardapolvo. Nada de esto entra en una columna de Excel, pero pesa más que cualquier plan económico.

Y mientras tanto, allá afuera —en ese otro país paralelo donde se vive con 15 alertas de inflación, dos apps para ver el dólar y una dieta a base de memes—, seguimos discutiendo si es “gasto” o “inversión” que un hospital salve vidas. Qué país raro: para algunos, sostener el Garrahan es un lujo, pero seguir bancando 257 bancas tibias con chofer, viáticos y sesiones cada tanto… eso es «institucionalidad».

Eso sí, después no queremos que los padres desesperados salgan a cortar avenidas, que las médicas hagan guardias eternas sin anestesia ni sueldo digno, o que el Garrahan tenga que hacer rifas para comprar jeringas. Pero así estamos: creyendo que los hospitales funcionan con «buena vibra» y agradeciendo que al menos el cielo todavía no se nos cayó encima del todo… aunque ya sentimos las goteras.

Así que, por una vez, que el Senado haga algo útil: escuche a Juez. Y si no es por humanidad, que sea por instinto de supervivencia: en este país, cualquiera puede terminar necesitando al Garrahan. Incluso ellos.

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